Monday, April 07, 2003

Dicen mis amigas que no pueden imaginarme a mi de maestra, dificilmente si no me viera diario parada frente a el pizarrón podría yo. Si supieran que cuando paso el marco de la puerta de mi salón me pongo el trajecito de profe, veo caritas chorreadas de chocolate, cabellos sudados y moños caidos que corren para contarme quien metió el gol en el recreo, uñitas con tierra por los pastelitos de lodo, raspones por la caida del columpio, dientes flojos y la emoción del ratón millonario, paletas chupadas o chocolates mordidos que fueron guardados con mucho esfuerzo como regalo para mi. Observando a mis niños se me sale mi instinto maternal hasta por los codos, ese que ni sabe uno que lo tiene, la naturaleza resulta muy traicionera pues de que sirve mi sensatez si cargo eso ahi escondido dispuesto a saltar fuera de mi en cualquier momento. Aún así mientras se forma una linea para despedirse de beso de esta maestra enojona y estricta me sorprende siempre el reflejo en las pupilas de uno de ellos, de una niña con ojos grandotes y pelo revuelto rizado, piernitas flacas y mirada de pregunta, que me sonríe y le sonrío de vuelta, y me río porque me da esperanza y se me quitan algunos días los miedos que aún me da la vida.

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